Que venga Freud y me lo explique.
Nunca le hice demasiado caso a mis sueños. Nunca me creí que si soñaba que alguien se moría, le alargaba la vida o chorradas parecidas. Es más, mis sueños sólo son base de inspiración para todas mis historias. Me dan el punto que siempre necesito. Y muy pocas veces son sólo grandes éxitos del día anterior. En estos casos, siempre ha sido un día movidito o traumático, con nervios, en los que me desahogaba y archivaba el trauma muy felizmente. Por poner un ejemplo poco personal, el día que me fui de cabeza contra la roca, me despertaba en la tienda de campaña sintiendo el golpe una y otra vez. Pero ahora parece que tengo un patrón de sueño que se repite. Y no me hace puta gracia. Os cuento.
El otro día soñé que ayudaba a Celia, y era casi invencible, pero al final la cagaba. En mi sueño de hoy estábamos casi toda mi familia en una casa que no conocía, parece ser que preparando los detalles de la boda de mi hermana Esther. Incluso estaba Nes, que ya me diréis qué pintaba por allí. La casa era muy bonita, grande, de dos pisos, muy iluminada y con un jardín enorme. Nes y yo nos ignorábamos, pero no le importaba hablar tranquilamente con el resto de mi familia. Estaban Merce, Celia, Xiana, mi tía Lola, Eva, Jose, Judhit, Juan... Todos muy felices y contentos. Nes estaba contando una historia que hasta a mí me hacía gracia y todos nos reíamos. Parecía como si estuviéramos de fiesta, con mesas grandes en el jardín y la gente entrando y saliendo sin parar. Era muy idílico. Subí al piso de arriba y escuché a alguien llorar. Entré en una habitación y me encontré a Xiana arrodillada, y a mi hermana Esther tirada en el suelo boca arriba con los ojos cerrados. Xiana me vió y me dijo llorando que se había caido y que la intentó levantar, pero que no pudo con ella. Yo me arrodillé al lado de mi hermana y le pasé el brazo alrededor del cuello, mientras la llamaba nervioso e intentaba moverla. No podía con ella. Lo único que conseguía era que su cabeza se moviera de un lado a otro. Llamé a mi hermana Judhit gritando, y luego a mi madre, pero no venía nadie. Me puse a llorar yo también mientras le decía su nombre y le pedía que se despertara. Nes apareció en la puerta y se quedó mirando sin poder decir nada. Le dije que se fuera a buscar a alguien y me hizo caso sin discutir. Al momento apareció mi madre con mis cuñados y Judhit. Les dije que me ayudaran a levantarla y que llamaran a una ambulancia. Mi madre me dijo que la dejara donde estaba y que no iban a llamar a nadie. Me lo dijo en el mismo tono de "O recoges la habitación o la próxima vez que entre tiro todo lo que haya en el suelo a la basura". Xiana y yo nos quedamos flipando desde el suelo. ¿Estaban de coña? Me dijo que no la tocara y que salieramos todos de la habitación. Empecé a cabrearme. ¿Cómo iban a dejar a mi hermana ahí?¿Y si se estaba muriendo? Intenté levantarla y mi madre me empezó a gritar. Celia entró, cogió a Xiana de la ropa, y la sacó de allí a rastras. Me parecía increible. Al momento rodeé el cuerpo de Esther y la levanté en el aire. Casi no pesaba, y aquello me acojonó. Me encaré a la familia y ellos se amontonaron en la puerta sin dejarme salir. Pero salí llevándomelos por delante. Esther tenía la cabeza tan echada hacia atrás que no le veía la cara. Abrí la puerta de la casa y llegué a la calle atravesando el jardín. Había muchos coches de la familia aparcados. Ellos salieron detrás de mí y se quedaron en el jardín gritándome que no volviera. Todos lo gritaban. Tranquilos, después de esto, no pienso volver. Iba directo a un hospital. Con mi hermana en brazos, me metí en un camino de hierba, con matorrales a los lados. Ella levantó la cabeza, abrió los ojos y me sonrió, pero al momento los cerró otra vez. Mi corazón se aceleró y ella ya no pesaba nada. Yo no estaba cansado, y me pregunté que por qué no andaba más rápido. Y aceleré. El camino se hizo muy fácil y sencillo. Aunque era toda una aventura. Por el medio del monte, saltando piedras y demás. Pero era extremadamente simple para mí. Y encontré el edificio del hospital camuflado entre los árboles. Mi hermana abrió los ojos definitivamente y de vez en cuando me sonreía. Entré en el hospital y pregunté dónde estaba urgencias. Me dijeron que al otro lado del edificio, y se ofrecieron para poner a mi hermana en una camilla. A mí me pareció que mi hermana estaba bien conmigo así que, todavía con ella en brazos, rodeé el hospital y entré por donde ponía Urgencias. Vinieron unos cuantos enfermeros y por fin la pusieron en una camilla, ella me volvió a sonreir mientras se la llevaban. La metieron en una habitación y la cerraron con llave. No sé porqué, eso no me preocupó y, tranquilamente, con el placer del deber cumplido, me senté en un banco enfrente a la habitación. Pero pasaba el tiempo y nadie entraba a ayudarla. Empecé a gritar a todo el que pasara y llevara una bata, pero no me hicieron caso. Así que me acerqué a la puerta e intenté abrirla sin mucho éxito. Apoyé mis manos en ella y la metí hacia dentro. Era una habitación vacía y oscura. Sólo estaba mi hermana, sonriéndome otra vez. Cogí la camilla y salí decidido a cantarle las cuarenta a alguno con bata. Y un ejército de ellos me rodeó e intentó sacarme la camilla, mientras me gritaba que la encerrara otra vez. ¿Estaban todos locos? Volví a coger a mi hermana en brazos, me sonrió por última vez, y comenzó a pudrirse. Parecía un plástico que se estaba quemando. Le salían bolsas de algo en la piel. Me asusté y la solté encima de la camilla. Allí siguió pudriéndose y haciéndose cada vez más pequeña. Todos los presentes me insultaban, mientras ellos también se pudrían. A mí no me pasó nada. Me quedé solo en el pasillo del hospital, rodeado de charcos asquerosos. En fin... Eso es todo, amigos.
El otro día soñé que ayudaba a Celia, y era casi invencible, pero al final la cagaba. En mi sueño de hoy estábamos casi toda mi familia en una casa que no conocía, parece ser que preparando los detalles de la boda de mi hermana Esther. Incluso estaba Nes, que ya me diréis qué pintaba por allí. La casa era muy bonita, grande, de dos pisos, muy iluminada y con un jardín enorme. Nes y yo nos ignorábamos, pero no le importaba hablar tranquilamente con el resto de mi familia. Estaban Merce, Celia, Xiana, mi tía Lola, Eva, Jose, Judhit, Juan... Todos muy felices y contentos. Nes estaba contando una historia que hasta a mí me hacía gracia y todos nos reíamos. Parecía como si estuviéramos de fiesta, con mesas grandes en el jardín y la gente entrando y saliendo sin parar. Era muy idílico. Subí al piso de arriba y escuché a alguien llorar. Entré en una habitación y me encontré a Xiana arrodillada, y a mi hermana Esther tirada en el suelo boca arriba con los ojos cerrados. Xiana me vió y me dijo llorando que se había caido y que la intentó levantar, pero que no pudo con ella. Yo me arrodillé al lado de mi hermana y le pasé el brazo alrededor del cuello, mientras la llamaba nervioso e intentaba moverla. No podía con ella. Lo único que conseguía era que su cabeza se moviera de un lado a otro. Llamé a mi hermana Judhit gritando, y luego a mi madre, pero no venía nadie. Me puse a llorar yo también mientras le decía su nombre y le pedía que se despertara. Nes apareció en la puerta y se quedó mirando sin poder decir nada. Le dije que se fuera a buscar a alguien y me hizo caso sin discutir. Al momento apareció mi madre con mis cuñados y Judhit. Les dije que me ayudaran a levantarla y que llamaran a una ambulancia. Mi madre me dijo que la dejara donde estaba y que no iban a llamar a nadie. Me lo dijo en el mismo tono de "O recoges la habitación o la próxima vez que entre tiro todo lo que haya en el suelo a la basura". Xiana y yo nos quedamos flipando desde el suelo. ¿Estaban de coña? Me dijo que no la tocara y que salieramos todos de la habitación. Empecé a cabrearme. ¿Cómo iban a dejar a mi hermana ahí?¿Y si se estaba muriendo? Intenté levantarla y mi madre me empezó a gritar. Celia entró, cogió a Xiana de la ropa, y la sacó de allí a rastras. Me parecía increible. Al momento rodeé el cuerpo de Esther y la levanté en el aire. Casi no pesaba, y aquello me acojonó. Me encaré a la familia y ellos se amontonaron en la puerta sin dejarme salir. Pero salí llevándomelos por delante. Esther tenía la cabeza tan echada hacia atrás que no le veía la cara. Abrí la puerta de la casa y llegué a la calle atravesando el jardín. Había muchos coches de la familia aparcados. Ellos salieron detrás de mí y se quedaron en el jardín gritándome que no volviera. Todos lo gritaban. Tranquilos, después de esto, no pienso volver. Iba directo a un hospital. Con mi hermana en brazos, me metí en un camino de hierba, con matorrales a los lados. Ella levantó la cabeza, abrió los ojos y me sonrió, pero al momento los cerró otra vez. Mi corazón se aceleró y ella ya no pesaba nada. Yo no estaba cansado, y me pregunté que por qué no andaba más rápido. Y aceleré. El camino se hizo muy fácil y sencillo. Aunque era toda una aventura. Por el medio del monte, saltando piedras y demás. Pero era extremadamente simple para mí. Y encontré el edificio del hospital camuflado entre los árboles. Mi hermana abrió los ojos definitivamente y de vez en cuando me sonreía. Entré en el hospital y pregunté dónde estaba urgencias. Me dijeron que al otro lado del edificio, y se ofrecieron para poner a mi hermana en una camilla. A mí me pareció que mi hermana estaba bien conmigo así que, todavía con ella en brazos, rodeé el hospital y entré por donde ponía Urgencias. Vinieron unos cuantos enfermeros y por fin la pusieron en una camilla, ella me volvió a sonreir mientras se la llevaban. La metieron en una habitación y la cerraron con llave. No sé porqué, eso no me preocupó y, tranquilamente, con el placer del deber cumplido, me senté en un banco enfrente a la habitación. Pero pasaba el tiempo y nadie entraba a ayudarla. Empecé a gritar a todo el que pasara y llevara una bata, pero no me hicieron caso. Así que me acerqué a la puerta e intenté abrirla sin mucho éxito. Apoyé mis manos en ella y la metí hacia dentro. Era una habitación vacía y oscura. Sólo estaba mi hermana, sonriéndome otra vez. Cogí la camilla y salí decidido a cantarle las cuarenta a alguno con bata. Y un ejército de ellos me rodeó e intentó sacarme la camilla, mientras me gritaba que la encerrara otra vez. ¿Estaban todos locos? Volví a coger a mi hermana en brazos, me sonrió por última vez, y comenzó a pudrirse. Parecía un plástico que se estaba quemando. Le salían bolsas de algo en la piel. Me asusté y la solté encima de la camilla. Allí siguió pudriéndose y haciéndose cada vez más pequeña. Todos los presentes me insultaban, mientras ellos también se pudrían. A mí no me pasó nada. Me quedé solo en el pasillo del hospital, rodeado de charcos asquerosos. En fin... Eso es todo, amigos.


